La rana que no sabía que estaba hervida…

Hoy por fin he vuelto a la oficina después de estar desde el Domingo fuera… eso significa que muchas de las cosas que se habían quedado pendientes he tratado de hacerlas hoy, consiguiendo salir de la oficina pasadas las 20:00 horas.

Después de casi 10 años en el ámbito de la consultoría ya conoces los periodos en los que vas a 10.000 revoluciones y en los que tienes que poner algo más que un pequeño esfuerzo para que todo salga en tiempo y forma…

Todos tenemos en nuestros respectivos trabajos periodos así, “flujos de actividad” en los que es todavía más importante si cabe el organizarse bien y no caer víctima del estrés… aunque tampoco sería realista si pensáramos que estamos protegidos. Tod@s estamos en algún momento vulnerables y eso puede ser malo.

Una de las cosas que vienen bien, es el seguir dedicando cierto tiempo para compartir con los compañer@s y hablar del mismo trabajo y de cómo solucionamos nuestras respectivas rutinas… eso sin duda también supone un aprendizaje…

Hoy he tenido oportunidad de compartir un ratito con Joni, un compañero y amigo, con el que además de coordinarnos en un proyecto, me ha contado una parábola que me ha parecido muy interesante sobre todo para estos periodos.

Se llama la parábola de “La rana que no sabía que estaba hervida” y por lo que he podido investigar hay varios libros en los que sale en el libro de Marty Rubin “The boiled Frog Syndrome” y también en el de “La rana que no sabía que estaba hervida…” de Olivier Clerc.

La historia dice así:

Imaginen una cazuela llena de agua, en cuyo interior nada tranquilamente una rana. Se está calentando la cazuela a fuego lento. Al cabo de un rato el agua está tibia. A la rana, esto le parece bastante agradable, y sigue nadando.

La temperatura empieza a subir. Ahora el agua está caliente. Un poco más de lo que suele gustarle a la rana. Pero ella no se inquieta, y además el calor siempre le produce algo de fatiga y somnolencia.
Ahora el agua está caliente de verdad. A la rana empieza a parecerle desagradable. Lo malo es que se encuentra sin fuerzas, así que se limita a aguantar, a tratar de adaptarse y no hace nada más.
Así, la temperatura del agua sigue subiendo poco a poco, nunca de una manera acelerada, hasta el momento en que la rana acabe hervida y muera sin haber realizado el menor esfuerzo por salir de la cazuela.
Si la hubiéramos sumergido de golpe en una cazuela con el agua a 50 grados, de una sola zancada ella se habría puesto a salvo, saltando fuera del recipiente

Una moraleja, es que desde luego cuando estamos ante una situación puntual de estrés, podemos reaccionar “saltando” y liberándonos del agua hirviendo, pero cuando entramos en esa rutina y “nadamos” en ese agua templada… cuando nos damos cuenta de que está hirviendo… quizás sea demasiado tarde.


¿Y tú? ¿te has parado a pensar a qué temperatura tienes la bañera?